Ronda de Brujas

De niños nos apropiamos de los cuentos, nos convertimos en los protagonistas…las fábulas que conocemos siguen siendo contadas porque apelan a presencias que se repiten en todas las infancias: un lobo, una bruja, un espejo mágico…

Trini tiene uno. Es su cámara de fotos, una que conozco bien. No sé cuántas veces me habré mirado en ese espejo para que hiciera con mi imagen lo que le viniera en gana. “Vete más lejos, más hacía mí, ahí”, “Inclina el cuello” “Mírame”. Yo obedezco. Me gusta ser su juguete, me gusta que la historia que me cuento que es mi vida, esa nana que me repito por las noches, ficción que comparo y mido en otros ojos, sea tergiversada, ajustada y desenmascarada como tal. Cuando somos adultos la fantasía se vuelve una defensa elaborada, la justificación de omisiones y perezas, muestra su otro lado, el no tan inocente. Confieso que me cuesta trabajo creerme que lo que exhibo de la epidermis hacia afuera sea de verdad.

Desconfiar de la literatura no me sale espontáneamente…A veces no he sido más que la materialización de aquello que ella ha soñado o ha creído rozar como un bañista ciego. Pero una imagen en el agua se descompone cuando cae sobre ella una piedra, un dedo o una manzana. Cuando Trini dispara en dirección a mí es el instante en que ese reflejo se rompe y muestra dos caras: la historia que ella inventa y la perpleja desnudez que aguarda detrás de la persona que me digo ser. Por eso soy su muñeca autómata o la Blancanieves que acepta gustosa una manzana envenenada.

Elisheba Fuenzalida